Criarán a su hijo sin cambiar el funcionamiento de lo que hasta ahora ha funcionado. Sencillamente el niño tendrá padres independientes pero no separados, lo que le permitirá vivir plenamente con cada uno de ellos y con los dos, según el momento.”
CASO 2: “Tras cinco años de vida en común, en la vida de Nina y Oliver parece haberse instalado la rutina. Después de algunas crisis, en lugar de separarse para siempre puesto que al afecto mutuo era manifiesto, Nina propuso vivir en casas distintas. Oliver, que al principio se mostró desconfiado y escéptico, reconoció algunos años después que este régimen dio más vida a la pareja. Esto fue posible porque él también estaba dispuesto a dar el paso. Así han reestablecido el diálogo que se había roto. Como por motivos de trabajo apenas coincidían en el piso y tenían la sensación de cruzarse más que de vivir juntos, ahora la situación ha dado paso a un efecto de encuentros furtivos, más difíciles de organizar pero más imaginativos y sorprendentes. Es verdad que las facturas de teléfono han aumentado, así como el resto de gastos, ya que cada uno tiene que pagar una casa. No obstante, ahora reina el gusto por la libertad y una comunicación de verdad.
Los encuentros, imprevisibles, parecen estar guiados por un impulso amoroso, aunque se hayan establecido algunos rituales. La cena en una de las dos casas seguida de cine o de una copa en algún bar que les guste no va necesariamente acompañada de una noche en común, pero también puede suceder si les apetece. Cuando la rutina parecía arruinar su relación anterior, el hecho de haber encontrado algo de espacio y un respiro les aporta una alianza real. Porque Oliver no se andaba con chiquitas a la hora de invitar a sus amigos a casa, aunque a Nina no le gustara. Ésta ya no se queja de tener que limpiar los restos al día siguiente de la fiesta, ya que Oliver invita en su apartamento. Nina está por otra parte sorprendida al constatar que no es la pocilga que ella imaginaba.
Se ven tres o cuatro veces por semana pero se reservan noches por su cuenta o para actividades compartidas con otros: deporte, aficiones, cultura, cenas con amigos o colegas de trabajo. Esta situación, al principio impuesta a Oliver, resulta muy conveniente y él la reivindica como un modo de vida que le permite compaginar calor y seguridad afectiva de la pareja con la felicidad y sentimiento de plenitud de la soltería. Pero sobre todo se añade la sensación de renovar continuamente una relación de pareja que de otro modo no podría evitar el estancamiento.”
(Textos extraídos del libro El nuevo arte de amar, de Serge Chaumier)
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